Luz en las tinieblas

Una puerta se abre. En su umbral aparece un joven de casi dos metros de altura, fuerte y corpulento que, sorprendido nos pregunta “¿Qué queréis?”.

Valencia. Estamos en un barrio popularmente designado como uno de los más peligrosos y violentos de la ciudad. Tras haber rezado en la Basílica de “La Virgen”, confiándonos a Nuestra Señora de Los Desamparados, le pedimos que nos muestre dónde desea enviarnos en mendicidad del “pan de cada día”. Apenas acabada la oración, nos encontramos con un amigo: un sacerdote que, precisamente, nos invita a visitarle a su parroquia ubicada en aquél barrio dónde pocos quieren entrar.

Por unos días hemos bajado del monte de Navalón, y henos aquí ahora ante esta puerta, abierta; ante este joven que nos mira transmitiéndonos su amistad. “¿Podrías ayudarnos con algo para comer, un poco de pan, una lata, algún resto…?” –preguntamos–. Espontáneamente nos invita a comer: “pasad”. Antes de llegar hasta su puerta ya habíamos llamado a varias sin que se hubieran abierto. Entramos alegres en su casa, y reconfortados de haber podido encontrar un lugar donde refugiarnos de la fría e incesante lluvia de invierno que nos ha dejado empapados. Mientras comemos entablamos conversación. “Desde que falleció mi padre –nos dice– perdí la fe que de niño tenía, y mi corazón se fue llenando de violencia. No hablaba con nadie, pero por dentro cada vez sentía más odio hacia todo el mundo. Estaba lleno de odio. Estaba encerrado en mí mismo y me hice cada vez más violento”. Nosotros, viendo la paz que nos transmite su presencia, con aire sorprendido, le preguntamos “¿y qué te sucedió entonces para que encuentres de nuevo la paz?… ¡porque te vemos con mucha paz!”. Su rostro entonces se ilumina y, lleno de reconocimiento, nos comparte el acontecimiento que marcó su vida: “un día, paseando por la calle, mi mirada se cruzó con la de José, otro joven, y… ¡no lo pude soportar!, pues me parecía que me provocaba; así que, sin decirle nada, con todas mis fuerzas, le di un puñetazo en la cara dejándole tirado en el suelo. Ante mi sorpresa, desde el suelo me dice amablemente “¿y por qué no me das un segundo puñetazo?”. Furioso por su actitud, empiezo a insultarle a la cara con todas mis fuerzas, diciéndole –con palabras que prefiero no repetir– que es un cobarde, un gallina… pero, en mi interior, algo me susurraba que mis insultos no se ajustaban a la realidad. Que él no era un cobarde. Que José era más fuerte que yo. Entonces le grité, tendiéndole con mi mano mi DNI para provocarle “¡pues coge mi DNI y denúnciame a la policía! ¡¡ Toma!!! ¡¡Te lo doy!! ¡¡Denúnciame!! ¡¡¡Cógelo yaaaa!!!”. “A lo que me responde: “es que yo no quiero denunciarte”–y con su mirada me da a entender que podía quedarme en paz con mi DNI, que él nunca me iba a denunciar”. Después de un breve silencio, mirándonos, exclama: “¡Este día, mi vida cambió!”. Y añade “He intentado tantas veces volverle a ver. Pero nada. No le encuentro”. Nosotros le escuchamos mientras seguimos comiendo en esta casa que nos ha abierto sus puertas. Durante la conversación, varias veces, vuelve a contarnos de nuevo este acontecimiento misterioso que cambió su vida. Escuchándole nos sentimos visitados por la paz que habita en su corazón.

Un Encuentro que cambia una vida. Su vida cambió gracias al encuentro con José. Gracias al encuentro con aquél que no le devolvió mal por mal, haciéndole la ofrenda de la resurrección. Un encuentro vivo con Jesús vivo, con el Cordero, que “en su carne… en su persona ha matado el odio, y que nos da su paz” (Ef 2, 16). Con Aquél que “herido no deja nunca de amarnos”. Su vida cambió gracias a un amor más fuerte que el odio y que la muerte. Aquél día nació de nuevo, disipándose en su corazón la violencia, y dejando su lugar al reino de la paz. Desea ahora transmitir la paz que aquél día recibió. Hoy lo ha hecho con nosotros.

He aquí que en este barrio tan temido por su violencia, tan peligroso… ¡una puerta está abierta!

SI, ES CIERTO, LA LUZ BRILLA EN LAS TINIEBLAS.

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