El silencio de la presencia

Los hermanitos de Navalón cuando podemos también “bajamos” a Valencia, con el deseo de poder ser hermanitos mendicantes en la ciudad. Como aquel día de noviembre en que, después de haber llamado ya a varias puertas pidiendo lo necesario para comer, al fin una se abrió. Tras ella, apareció una señora que, con una lata de cerveza en la mano y un rostro marcado por el dolor y la amargura, con un tono algo irónico exclamó : “¿y a mí la Iglesia viene a pedirme?, ¡lo que me faltaba!. Pero chiquillos, ¡a dónde habéis ido a parar!. ¿A mi puerta habéis llamado?¡Yo no tengo nada!¡Nada de nada!”.  Mientras le respondíamos que no se preocupara su hija se acercó hasta la puerta entreabierta y, mirando a su madre, intervino diciendo: “¡pero mamá les podemos hacer pan con mantequilla!”. Entonces su madre abre la puerta y con un gesto expresivo exclama: “venga, venga, entrad. ¡Entrad!”.  Entramos y vemos, de pie, a un chico -su hijo- atemorizado que, sin pestañear, nos mira fijamente. En su rostro no manifiesta ninguna expresión. Sólo nos mira. Nos mira sin cesar. Una mirada distante y reservada. Parece enfermo, tendrá quizás unos diecisiete años y, probablemente, un gran dolor. Su hija, con mucha alegría y sencillez, como un rayo de luz en esta casa, nos prepara rápidamente algo caliente para comer,  mientras su madre, en la mesa del comedor, ahoga sus penas en el alcohol. Habla con nosotros, y expresa a su modo su dolor. Nosotros escuchamos en silencio el grito de este corazón herido que de vez en cuando trata de provocarnos con sus gestos y comentarios (seguramente porque representamos a la Iglesia, a Dios). En estos tiempos de tanto sufrimiento, muchas veces nuestra única respuesta es el silencio. En el silencio podemos escuchar, en él percibimos tantas veces  la presencia de Dios. Es este silencio de la Presencia el que deseamos escuchar en el “monte de Navalón”, el silencio de la oración. Pero henos aquí ahora lejos de la montaña,  en medio del ruido de la ciudad; y en esta casa escuchamos también el mismo silencio, pues  estamos presentes ante la misma Presencia, ahora escondida en el dolor : Dios está aquí.

Después de haber comido nos despedimos. Sentimos entonces la amistad y, ante nuestra sorpresa, en el rostro de su hijo se esboza una sonrisa. Su mirada nos transmite ahora su confianza. Al cerrar la puerta, hija y madre nos dicen a una: ¡“venid cuando queráis!. ¡Es vuestra casa!”. Esta casa, sin saberlo quizás, abrió hoy sus puertas a la visita de Jesús, nuestra Misericordia. Que podamos nosotros también abrirle hoy nuestras puertas, las puertas de nuestro corazón.

Es sorprendente ver cómo haciendo el gesto del amor vulnerable y mendigo de Jesús en la Cruz al pedir el pan –el gesto de la mendicidad siendo consagrados-, a menudo se abren las puertas de aquellos que quizás ni siquiera se atreverían a entrar nunca en una iglesia aunque quisieran. Sólo Dios conoce lo que hay en el corazón y, ¿quiénes somos nosotros para juzgar?. Cada encuentro es para nosotros una enseñanza y una llamada a la conversión. En quienes nos acogen vemos a Jesús.

En Navalón, en el pequeño monasterio -lugar retirado en el monte- sentimos la llamada a la oración, a la  contemplación, para dejarnos iluminar por la luz de Dios que brilla sobre el rostro de Jesús, tal y como lo vieron los apóstoles en el monte Tabor.  Pero este Rostro lo vemos sobre todo en el encuentro con los más pobres, nuestros hermanos.

Así nos sucedió en “San Esteban”-nuestra pequeña Fraternidad en Valencia, que lleva el nombre de la parroquia que nos acoge-. Estábamos alegres en nuestra nueva Fraternidad -pues hacía poco que habíamos recibido el local, bendecido por nuestro Arzobispo Don Carlos Osoro el 8 de febrero de 2012- cenando con algunos jóvenes cuando, durante la cena, nos preguntaron: “hermanitos, ¿no podríamos ir con vosotros algún día al encuentro de los pobres, como lo hacéis en Granada o Barcelona?”. Nosotros contestamos que quisiéramos primero nosotros mismos empezar a caminar por la ciudad, e ir conociendo a nuestros hermanos que están en la calle.  Sin embargo, esa  misma noche, al acabar de lavar los platos y  disponernos ya para rezar las completas (oración de la noche) abrimos la puerta que da a la calle justo cuando un hombre pasaba en ese momento por allí. Nos mira y, avergonzado, nos pide un poco de pan  -¿cómo no dar pan a quien te pide? (¡y aún más nosotros que somos mendicantes!)-. Pero al tener sólo un trozo de pan duro le invitamos a pasar y cenar algo caliente. En este momento rompe a llorar. Hace dos días que no come, y nunca antes se había encontrado en la calle. Mientras un hermanito prepara la cena, los jóvenes ponen la mesa y acogen a nuestro amigo. Poca cosa tenemos que ofrecerle (alguna lata de atún y un puré de sobre). Entonces uno de los jóvenes sale y vuelve al cabo de diez minutos con sus padres, ¡y con varias pizzas calientes para nuestro hermano!. Poco a poco su rostro se va iluminando, mientras nos habla de su vida, de su familia, de sus preocupaciones y deseos. Aquí estamos con él, preguntándonos si su presencia no sería una respuesta “del cielo” a la conversación que minutos antes durante la cena habíamos tenido. Al acabar de cenar, insistimos para que se quede a dormir y así descansar bien esta noche pero, levantándose,  con el rostro inundado de una alegría que irradia todo su ser, nos da un fuerte abrazo a cada uno diciendo: “No, gracias. Tengo que irme”. Y exultando de alegría se va. Al cerrar la puerta nos miramos unos a otros, y en el silencio intuimos que en este hermano habíamos sido visitados. Visitados por Aquél que pobre nació en un Pesebre y pobre descansó sobre la Cruz.

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