Nuestro amigo Francisco

Fuimos dos hermanitos de la fraternidad de Navalón una semana a Granada (donde están nuestras hermanitas en el centro de la ciudad, en el pequeño monasterio de la Paz). Era invierno, y hacía mucho frío.

Allí,  el primer día, después de rezar, nos pusimos en camino para la mendicidad del “pan de cada día” –pues somos mendicantes- cuando vimos en la puerta de un parking subterráneo, a un hermano pobre que estaba tendido sobre una rejilla, todo encorvado para protegerse del frío. Le preguntamos “¿estás bien?”.  Él, sorprendido por la pregunta, trata de incorporarse y responde “¡Tengo hambre y frío!”. Nos sentimos impotentes al ver que no teníamos nada para compartirle. Entonces un hermanito abre su mochila, saca su jersey polar y se lo da. Él, muy contento, lo recibe; pero no se lo puede poner porque sus manos están congeladas con el frío y prefiere ponérselo sobre sus piernas. “¿Cómo te llamas?”-le preguntamos- “Francisco”-nos responde-. A lo que agregamos: “Que Dios te bendiga mucho Francisco”, y él nos dice entonces con seriedad: “¡No! A mí no me bendice” “¿Cómo que no? –respondemos tímidamente– Mira, nos envió para que estemos contigo”. Pero él, con el rostro muy serio, mirándonos fijamente, nos repite: “¡No! A mí Él no me bendice, ¡a vosotros sí que os bendice!”.

Nos quedamos unos minutos con él. Después de un breve silencio dice: “¡tengo hambre y frío!” – y añade con un tono triste-: “a mí no me bendice, a vosotros sí”. Las personas que pasaban nos miraban y, cuando veían a Francisco, volvían su rostro. Entonces nos acordamos de una parábola del Evangelio en la que Jesús habla del pobre Lázaro que dormía en la calle (Lucas 16, 19-31).

“Francisco” -le dijimos entonces, pensando en Jesús, el Pobre, y en Lázaro, “su amigo”-.” ¡Nosotros creemos de verdad que Dios te bendice mucho!” “¡No! A mí no me bendice” –nos repite de nuevo-. “Francisco,  nosotros tenemos que ir a mendigar nuestra comida, pues aún no hemos comido”. “No me lo creo”-nos responde- “no me creo que consigáis comida, la gente es mala”. Entonces nos pusimos de acuerdo con él en que si conseguíamos comida volveríamos para compartirla con él, y comer juntos. Sus últimas palabras fueron: “¡No lo creo! ¡La gente es mala!”.

No muy lejos encontramos unos edificios y tocamos a unos interfonos. Nadie nos daba nada o bien no respondían  – ¡y muchos estaban sin trabajo!-. “Pero -pensábamos- necesitamos un plato de comida caliente para Francisco” –¡pues hace frío en la calle!- cuando, de pronto, vemos que nos encontramos justo frente a un restaurante. La encargada del local no dudó ni siquiera una fracción de segundo en ayudarnos. Nos pide un “tuper” y, poco después, vuelve trayéndolo lleno de paella y 3 panes.  Con gran alegría, pues deseábamos que Francisco viera que también hay “gente buena”, nos pusimos en camino. Al acercarnos, lo vimos enrollado sobre sí mismo, en la rejilla del parking, de donde salía un poco de calor desde el subterráneo. Le gritamos: “¡Francisco!”. Él se incorporó con dificultad y, mientras nos acercábamos cantábamos el “aleluya” que él ya se sabía casi de memoria. Le mostramos el “tuper”  caliente y él, sonriendo, nos dijo: “¡que apañao!”. Le contamos cómo nos había ido y cómo nos habían ayudado.

Francisco tenía unos 57 años, y no podía mover mucho sus pies, por tener úlceras en sus piernas. Nos acomodamos para hacer de su rejilla una mesa para tres. Después de la bendición, Francisco aceptó el “tuper” con la paella, que comía con gran dificultad, pues sus manos estaban demasiado frías. Le propusimos un café, que él aceptó, y un hermanito fue a mendigarlo. Al cabo de unos minutos vuelve con un café caliente. Nos parecía que El Señor lo preparaba todo para este hermano que sufría. Entonces le decimos: “¿Ves como Dios te bendice?” A lo que él responde: “¡A mí no, a vosotros sí!”. “Pero Francisco, mira toda la gente que nos ha ayudado para que tú puedas comer hoy un plato de comida caliente y… ¡hasta el café que querías!. El Señor te lo ha dado” –le respondimos-. “No, sois vosotros quienes  me lo dais”. “Francisco, el Señor nos envió para que no estés solo y para que recuerdes que te ama y te ha regalado todo en este día”. Entonces cierra los ojos y, entrando en sí mismo, baja la cabeza;  después de un breve silencio, cómo si ya hubiera encontrado en su interior lo que buscaba, se endereza de nuevo, abre sus ojos y, sonriendo, exclama: “¡Él es Grande!. Vosotros ni siquiera os lo imagináis,¡ es el mejor Padre!…” “Entonces, ¿estás diciendo que Él te bendice?” –le preguntamos-. Y nos responde: “Sí, Él me bendice. Es el mejor Padre y vosotros sois unos apañaos”. A lo que respondimos cantando de nuevo el “aleluya”, y él lo cantaba con nosotros.

La gente entraba y salía por la puerta mirando aquella peculiar escena. A su lado yacía el pobre Lázaro lleno de llagas y, al verle, apartaban su rostro. Fácilmente nosotros mismos también hubiéramos dado media vuelta para no verle (¡y tantas veces lo hemos hecho!). Pero aquél día, por gracia de Dios, fuimos unos privilegiados al poder conocer personalmente a nuestro hermano Francisco, “el Pobre Lázaro”,  que nos mostró en su rostro el Rostro de Jesús.

Antes de despedirnos él seguía sintiendo frío, entonces el otro hermanito se sacó también su jersey polar y se lo puso sobre sus piernas. Ahora su sonrisa ya no era tímida. ¡Qué hermosa era la sonrisa de nuestro hermano Francisco! Así que, al despedirnos, le cantamos la bendición de San Francisco:

Que el Señor te bendiga y te guarde
Que El Señor te muestre su Rostro
Y tenga piedad de ti.
Vuelva a ti su Rostro
Y te conceda la PAZ

Y, a medida que cantábamos él nos decía: “¡ya me bendice! ¡Ya me muestra su Rostro! ¡Me da su Paz! AMEN”. Nos despedimos con un abrazo y, ya a una cierta distancia, nos dimos media vuelta para verlo… ¡y él estaba despidiéndose con la mano!.”

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